En el Museo Nacional de Bellas Artes se brinda en estos días una visión distinta del país y de su historia a través de una muestra retrospectiva de la obra de Antonio Berni, considerado no sólo como el más importante artista argentino del siglo XX sino también como uno de los más comprometidos desde la belleza y profundidad de su propio arte con nuestro devenir político y social.
Berni murió en octubre de 1981 sin poder apreciar plenamente la que sería su fama póstuma que cotiza sus cuadros en cientos de miles de dólares y lo coloca en el parnaso de los creadores latinoamericanos.
Las razones son varias. Por un lado sobresale su mirada crítica de la realidad en la que vivía, expresada en sus grandes pinturas de protesta o malestar social donde surgen figuras o rostros marcados por la injusticia, el cansancio o la rebeldía. En su elección de personajes marginales como protagonistas de largas historias desgarradoras y cómicas a la vez; en la descripción, con matices irónicos, de actitudes y costumbres predominantes en el imperio del Norte y en la denuncia de todos aquellos que creen que la vida vale sólo por lo que se tiene.
Por otro lado se destaca la continua metamorfosis de sus trabajos que abarcan casi todas las vanguardias pictóricas: su mágica etapa surrealista, su audacia en la utilización de elementos y objetos que extraía fatigosamente de los basureros para incorporarlos a sus obras, el relieve de sus grabados y de sus collages rompiendo con ello costumbres académicas establecidas. Todo lo cual lo hizo un artista plástico múltiple, devorador de nuevas corrientes y técnicas cuyo símil en el mundo es difícil de encontrar si no mencionamos a un Picasso más allá de cualquier comparación de valores o estilos. Pero también se transformó para algunos en un personaje incómodo dentro de un país que no se presta fácilmente a aceptar rebeldías ni políticas ni artísticas.
Qué será del mustio olor a ser vivo
Qué será del reloj que siempre vuelve a su cuenta
Estas manos no son manos
Y el aire es una tregua entre la arena que cae
Un tiempo muerto antes del despertar
Una muralla de voces me mantiene en alerta
Voces que gritan y voces que callan
Alaridos que desgarran hasta las fauces de los leones
Silencios oscuros y pesados como hormigas
Si somos tierra que vuelve a la tierra
Para qué el tiempo muerto
Esta arena detenida entre tanta urgencia
Este aire vacío de tormento
Qué será del mustio olor a ser vivo
Este reloj vuelve a contar las horas como espadas
Como si no hubiera sangre en el cristal de esta celda
Como si nadie viera que el rojo hilo
llega hasta la arena
Una y otra vez