El próximo 28 de enero se hará una mesa redonda en el auditorio de la Embajada con la presencia de Solange Bernabó, hija del artista y directora del Instituto Carybé, quien aseguró que decidieron exhibir una retrospectiva seleccionando obras que reflejaran la universalidad y diversidad cultural en sus temas.
Carybé es uno de los principales artistas del siglo XX. Si bien sus obras están en los más importantes museos de todo el mundo, son pocos los que lo conocen en la Argentina.
Las obras del artista, nacido en Lanús en 1911 como Héctor Julio Páride Bernabó, pueden verse por estos días en Buenos Aires gracias a la ayuda de la Fundación Jorge Amado, el escritor que se convirtió en uno de sus grandes amigos.
La muestra presenta 73 obras, pinturas al óleo, dibujos, esculturas e ilustraciones producidas por Carybé en la Argentina, en Bolivia, Italia, y Brasil, con ambientación sonora de Dorival Caymi y Eduardo Falú, entre otros.
Todo su trabajo, tanto las pinturas como sus tintas o xilografías, lejos de ser realistas, cuentan historias que se manifiestan como una crónica, una narración del espacio ya sea un pueblo del noroeste argentino o de su amada Bahía que refleja como nadie.
Carybé expresa su arte en abigarradas escenas llenas de personajes o en dibujos limpios donde el gesto de su línea expresiva puede resumir en pocos trazos una escena de candomblé o la voluptuosidad femenina, en ceremonias, danzas y tareas domésticas o no tanto.
La historia de Carybé es peculiar: en plena crisis del 30 la familia Bernabó regresa a la Argentina, y el joven de 18 años junto a sus hermanos, consigue trabajo en el periodismo gráfico diseñando avisos, ilustraciones, tiras de humor. Cualquier changa venía bien en esos tiempos y haciendo gala de su ductilidad, hasta se convierte en pandeiro de Carmen Miranda para Radio Belgrano durante tres temporadas.
En 1938, contratado por el nuevo diario El Pregón, el artista consigue cumplir su sueño de viajar por el mundo y mandar crónicas y dibujos de cada puerto.
Heredero del espíritu andariego de su padre, se constituye en cronista de su tiempo y de cada pueblo que visita.
La particularidad de Carybé es que se sumerge en la cultura del lugar, capta lo esencial y lo transforma en un paisaje casi musical, lo hace suyo.
Pinta gauchos o coyas emponchados, en Salta, donde conoce a Nancy, la mujer que lo acompañó durante 50 años y fue la madre de sus dos hijos.
Prefiere vivir con los indígenas en el Chaco o en una casita en el Valle de Lerma, a vivir en grandes urbes como Buenos Aires o San Pablo. Y volver a Salvador de Bahía, donde atrapado por su magia se instala en los años 50, desarrollando una impresionante carrera como dibujante pintor, muralista, escultor y dignatario del culto afrobrasileño.
A través de sus ojos o de sus pinturas es que la negritud y su componente afro, emerge ante la intelectualidad de Bahía: dicen que no habían visto a un negro, hasta la llegada de Carybé.
Paradoja socio cultural, espejo distorsionado de una realidad que no se registra, hasta verla, decodificada y traducida, en el mejor de los casos por sus artistas. Como Pierre Verger (1902) fotógrafo y etnógrafo francés, amigo y viajero como Carybé, que se radicó también en Brasil enamorado de Salvador para escapar del caos de la posguerra europea.
Andando en esos carnavales se hace íntimo amigo de Jorge Amado y de Gabriel García Márquez ilustrando sus textos. Tres artistas que pintan su aldea desde el corazón y la ofrecen al mundo.
Antropólogo del pincel, en su formación Carybé no buscó en Europa como muchos de sus colegas argentinos sino que eligió al movimiento plástico latinoamericano desde sus raíces originarias hasta la novedad que en esa época era el muralismo mexicano.
Tan latin-americanista fue que ganó en 1960 un concurso para realizar los murales, en el aeropuerto JFK de Nueva York, murales que estuvieron a punto de ser destruidos por refacciones recientemente y que han sido salvados y trasladados a Miami.
Hay mucho para decir de este artista universal que vivía el arte a pleno, tan integrado a la comunidad que en 1981, más de 15.000 personas se congregaban en la plaza do Pelourinho para festejar sus 70 años, donde hace el lanzamiento de su libro Iconografía dos Deuses africanos no Candomblé, fruto de treinta años de investigación.