Reúnen distintas muertes en México a través de un libro
La muerte en el impreso mexicano, de Mercurio López Casillas. Editorial RM. Edición bilingüe (español e inglés). 256 pp. Foto: Erik Meza
La obra de Mercurio López Casillas explora sus representaciones gráficas desde el siglo XVII hasta la década de los sesenta de la centuria pasada.
Pensar en una imagen representativa de la muerte en México, probablemente evocará a la popular Catrina que el grabador José Guadalupe Posada realizó en 1913. Sin embargo, han sido numerosos autores los que han recreado la muerte en la gráfica mexicana, desde los códices prehispánicos y las alegorías novohispanas, hasta las representaciones críticas de algunos caricaturistas ya a mediados del siglo XX.
El investigador Mercurio López Casillas presenta una visión a estas figuras en el libro La muerte en el impreso mexicano (RM), que incluye imágenes que datan desde el siglo XVII hasta 1960.
Esta revisión comienza con reproducciones de impresos como Oratio funebris habita a magistro Damiano Goncalez de Cueto, de 1603, y el también coleccionista explica que durante el México prehispánico hubo un culto particular a la muerte, que se rompe con la Conquista, cuando se importa una concepción occidental sobre ella.
Pero es hasta el siglo XVIII, con las reformas borbónicas y la publicación de La portentosa vida de la muerte, por un fraile zacatecano, que se representa a una muerte jocosa.
“Es una muerte que se aleja de la danza macabra europea. No es una muerte que espante, sino festiva. No muy alegre, pero estilizada, de huesos largos, se enamora y se casa. Es una de las primeras novelas mexicanas que ve a la muerte de manera distinta. Para mí ese libro es el inicio de la muerte mexicana”, comenta López Casillas.
Ya para la Independencia comienzan a surgir publicaciones que incluyen caricaturas con esta alegoría, además de representaciones populares en alfeñique.
“Además la Iglesia pierde el control de los panteones. La gente se puede expresar más libremente en esos lugares y se vuelve una fiesta en el Día de Muertos, ya en el siglo XIX, cuando todo mundo se emborracha y llevan las ofrendas”, señala.
Años más tarde, José Zorrilla llega a México con su Don Juan Tenorio, y los grabadores como Manuel Manilla empiezan a hacer calaveras en hojas volantes que costaban cinco centavos, donde hablaban de ciertos personajes u oficios.
En 1890 llega Posada a la capital mexicana, quien hace calaveras específicas sobre determinadas situaciones, propias del consumo popular.
La importancia de La catrina de Posada es tal que Diego Rivera la pintó en su mural Sueño de una tarde de domingo en la Alameda.
“Es tan buena la imagen, tan contundente, que lleva los dos conceptos, tanto lo trágico como lo divertido, que es una imagen que impacta. Se ha vuelto tan importante como la Virgen de Guadalupe. Es algo que nos identifica. Cualquier imagen de Posada que uno vea nos representa”, señala el dueño de la librería de viejo Bibliofilia, en el Centro Histórico.
Casi de manera simultánea, surgen imágenes de Julio Ruelas, que presenta una contraparte con sus interpretaciones trágicas.
Durante la época de la Revolución, los muralistas recuperan las raíces populares y hacen una nueva interpretación de la gráfica y el arte mexicano.
Es así que Diego Rivera plasma a la huesuda en piezas como la portada de la revista Minotaure (1939) y Raúl Anguiano hace lo propio en México en el arte (1948).
Luego serían los artistas del Taller de la Gráfica Popular quienes retomaran a la muerte.
“Todos estos factores contribuyen a ver la muerte que inventamos los mexicanos, no tan violenta y agresiva, sino divertida”, dice.
La mayoría de los grabados o impresos contenidos en el volumen pertenecen a la colección que López Casillas ha formado desde que tenía 13 años.
Durante tres décadas ha notado cómo la representación de la muerte ha cambiado.
Por Patricia Cordero
29-12-2008
Fuente:
Excélsior
Otras noticias