Amigos, editores, alumnos y admiradores se reunieron tras la convocatoria de Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, para despedir y rendir homenaje al escritor argentino.
El sábado a las cinco de la tarde se dieron cita en el Auditorio Jorge Luis Borges, y ahí estaban, Américo Cristófalo, director de la carrera de Letras de la UBA, Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, Eduardo Tato Pavlovsky, Horacio García, Jorge Lafforgue, Noe Jitrik, las actrices Cristina Banegas y Soledad Silveyra, ex pareja del escritor en los años 80, entre otros.
El acto, que fue inaugurado por Horacio González, contó con la participación de algunos de los presentes, Cristófalo presentó un video en el que Viñas dictaba clases y las terminaba recitando poemas de César Vallejo, Cristina Banegas leyó fragmentos de una de las novelas de Viñas, Ricardo Piglia se refirió a él como una figura de gran referencia para pensar las posibilidades de ser un escritor de izquierda y, entre otras expresiones de los oradores, Beatriz Sarlo destacó la desfachatez con la que escribía: "era revelador porque leía todo a contrapelo", dijo.
La ausencia de Viñas deja, sin duda, en el mundo intelectual un espacio difícil de llenar. Viñas escribiría en la solapa de Las malas costumbres:
Podría ser tradicional y escribir "Me llamo Viñas, David Viñas, nací cuando el crac de Wall Street y la caída de Yrigoyen". Podría estremecerme con mi pasado: "Publiqué varios libros - escribiría - Cayó sobre su rostro, Los años despiadados, Un Dios cotidiano, Los dueños de la tierra, Dar la cara. También podría...
Pero prefiero usar mis solapas en otra cosa: primero, para decir por qué escribo (por humillación y para salir de eso). Alguna vez dije que escribía por venganza; pero para salir de la humillación una literatura de venganza no puede ser arbitraria ni abstracta. Mi humillación está condicionada por vivir en un país ambiguamente humillado: la Argentina no es una colonia; es algo más equívoco: una semicolonia.
Así mi humillación es compleja y la tensión por arrancármela se carga con una ambigüedad mayor. En segundo término, cómo escribo: asumiendo esa situación de sometido, de esclavo (peor, esclavo a medias en tanto puedo actuar con cierta autonomía y creerme que no lo soy). Y sabiendo que es una faena de todos los días, mezcla de paciencia e impaciencia que exige élan y encarnizamiento y no se parece en nada (o casi nada) a las revoluciones burguesas espectaculares, bruscas y triunfantes. No. Escribir aquí es como preparar una revolución de humillados: opaca, empecinada, dura y cotidiana. O, mejor, casi opaca, casi empecinada, casi dura y casi cotidiana.
Como vivo en un país semicolonial soy un semihombre y un casi escritor que escribe una literatura a medias. O lo que es lo mismo, ¿para quiénes escribo? Por ahora para los que tienen mi mismo sabor de boca. Es decir, ni especulo sobre un posible público populista ni me interesan los bienpensantes. Más claro aún, pretendo escribir para los cuadros. Y lo correlativo, ¿para qué escribo? Muy simple. Para que esos posibles lectores que se me parecen contribuyan al movimiento que los arranque y me arranque de la humillación, para superar ese nivel de casi país que padecemos y para que nuestra literatura sea algo completo.Y para que yo, usted y los hombres de aquí dejemos de ser casi hombres para serlo en totalidad.