Por David Felipe Arranz
La idea que transmite el conjunto de excelentes textos recopilados por Antonio José Navarro y escritos por Vicente Muñoz Puelles, José María Latorre, Roberto Cueto, Pilar Pedraza, Jesús Palacios, Montserrat Hormigos y Ángel Sala es que el cine ha adaptado la atmósfera del material narrativo de Poe de una forma no literal.
Apetece, tras leer y disfrutar este libro bien ilustrado, acometer la atractiva empresa de visionar todos los largometrajes analizados por los escritores y críticos que intervienen en el volumen, ya que muchos de ellos son piezas maestras no sólo del mundo de la adaptación en particular, sino del cine en general. Sin ir más lejos, El hundimiento de la Casa Usher (1928), de Jean Epstein, emerge como la cinta paradigmática del ciclo de Poe en la gran pantalla, una rara obra que se acerca al film d'art.
Admirado por Baudelaire, Mallarmé, Stevenson y Wilde, Poe se ha convertido más que en un escritor de referencia del género fantástico y de terror en un icono de la cultura popular y su obra en la fuente de la que beben todo tipo de movimientos estéticos. Su personaje, el del escritor -más o menos real o evocado- protagonizó desde muy temprano varias películas, como The Raven (1915), de Charles Brabin; The Loves of Edgar Allan Poe (1942), de Harry Lachman; El espectro de Edgar Allan Poe (The Spectre of Edgar Allan Poe, 1974), de Mohy Quandour o la desconocida y sugerente Danza macabra (Castle of Blood, 1964), de Sergio Corbucci y Antonio Margheriti. Para Latorre, el cine se ha apartado sin embargo en la adaptación del retrato femenino romántico y quebradizo de las protagonistas de Poe, mujeres permanentemente al borde de la muerte que, sin embargo, son malévolas en el relato cinematográfico.
La obra del "héroe de las letras", como lo definió Baudelaire, o del "príncipe de los poetas malditos", a decir de Rubén Darío, ha transitado por los caminos del celuloide de la mano de cineastas tan sugerentes como Jules Dassin -The Tell-Tale Heart (1941)-, Robert Florey -Doble asesinato en la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue, 1932)- o Edgar G. Ulmer -Satanás (The Black Cat, 1934)-. También el cine en lengua española se interesó por el autor de Las aventuras de Arthur Gordon Pym y no sólo España con Manicomio (1954), de Luis María Delgado y Fernando Fernán Gómez, sino Argentina con Obras maestras del terror (1960), de Enrique Casares, o México, con El jugador de ajedrez (1981), de Juan Luis Buñuel, han explorado por la senda del castellano los abismos de la locura propuestos por el norteamericano.
El séptimo arte ha puesto de manifiesto la importancia de lo visual en su obra, la impronta plástica y psicológica de sus relatos e incluso poemas -¡que han dado lugar a varios largometrajes de inspiración libre!- y la fuerza de la sugerencia de sus imágenes. Elementos como la necrofilia, el fetichismo, la decadencia de las grandes familias o la belleza trágica de las maldiciones y la muerte, articulan el relato cinematográfico de una gavilla de piezas maestras del cine que aún hoy conservan toda su fuerza. Los ocho largometrajes filmados por Roger Corman entre 1960 y 1964 muestran la vigencia de Poe en plena era pop, e incluso hoy en día se llevan a cabo adaptaciones de sus relatos y poemas y muchos productos del género terrorífico se inspiran abiertamente en el universo de Poe, como comprobamos en las irregulares The Horror Vault (2008), de Henric Brandt y Lars Gustavsson, y The Pit and the Pendulum (2009), de David DeCoteau.
Este útil cóctel de ensayos es de obligada lectura para quien quiera adentrarse por el Poe que ha visitado el cine, aprovechando este segundo bicentenario que ya nos deja entre los gritos y el horror, connaturales al ser humano, como nos enseñó el maestro.
-Antonio José Navarro (ed.), Las sombras del horror: Edgar Allan Poe en el cine, Madrid, Valdemar, 2009.
Ahora la sed le cuelga de la lengua
Ahora desde hace tanto
Una voz le cuenta un cuento mitológico
De mujeres con escamas
O del cerco de las garras que arrebatan
Otra voz le canta un canto con los pechos
Untados con el brillo de la lira
La sal es un mar siniestro que evoca fatales espejismos
Una voz le nombra un nombre
Mientras quita con los dedos una hebra de su cuello
La flecha envenenada en el talón de Aquiles
Odiseo abre los ojos secos con los pies en la arena
Todos los desiertos fueron agua y ofrenda
Hasta que las lágrimas dejaron de llorar recuerdos