En Los Angeles, callejeando por los alrededores de Hollywood (La Fábrica de Sueños) encontré una juguetería para grandes que no habían dejado de ser niños. Tenían de todo, desde humildes yo-yo hasta autitos o soldaditos de colección muy caros. Y se destacaba entre tantas maravillas un cartel sobre el mostrador que decía: Los hombres no juegan porque son viejos sino que son viejos porque dejaron de jugar.
Lo asocié luego a mi visita a la casa de Theodor Roosevelt (1858/1919) en New York, un político duro que dio origen a los ositos de peluche, los universales Teddy Bear. La historia real es que este presidente, invitado a una excursión de caza, se negó a disparar sobre un pequeño animal. La anécdota fue tomada por un dibujante de humor en 1902 e inmediatamente se propagó y nació la fabricación en Estados Unidos y Alemania. Hasta el punto que hace poco uno de los más antiguos se vendió en un remate de Christie´s. El osito siempre está vivo y se renueva igual que las criaturas de los dibujos animados con cada camada de niños que los ven en cine o la TV. Por eso en los aeropuertos nunca faltan juguetes para los pasajeros. Y entre ellos predominan los de felpa, acolchaditos, cariñosos, para apretarlos contra el pecho si hay turbulencia. En las compañías de aviación la mascota es un osito y en mi escritorio tengo uno con antiparras de piloto que fue lo primero que compré para mi Alma de
Valija.
Por eso estas pinturas de Diana me llegan tanto. A mí como a todos los que no hemos dejado de jugar porque no queremos envejecer. No es un lifting del cuerpo sino del alma. Son compañeros de viaje de la infancia, la Patria del Hombre en palabras del poeta Rainer María Rilke.
Sentimientos difíciles para explicar con palabras pero que se transmiten muy fácilmente con sólo verlos en estas telas donde dan ganas de tocarlos y mimarlos igual que a sus compañeros de juegos. Y, por la noche cuando cierre el Centro Borges, igual que la fantasía Pinocho o Manuelita, seguramente se reunirán para contarse entre ellos las vivencias que compartieron cuando nosotros éramos niños. El ámbito
de la muestra colabora porque el propio Jorge Luís Borges, cuando eligió Ginebra como su etapa final en la tierra, lo hizo porque en esa ciudad había pasado los años más felices de su infancia cuando le dijo a los 6 años a su padre Jorge Enrique que quería ser escritor.
Estas criaturas de felpa, monitos, ositos, caballitos, perritos, todos en diminutivo, como solemos hablar con los niños, nos devuelven a este paraíso de la inocencia que visitaban los Reyes Magos. Y Diana nos regala la contraseña para entrar.
Horacio de Dios
Suelen preguntarme por qué pinto juguetes. Curioso, es algo natural en mí, sin embargo la reiteración de la pregunta me ha hecho pensar. Ayer, hoy, y quién sabe hasta cuándo, tomar un pincel tiene básicamente una sola razón, y es zambullirme en el mundo de los juguetes. Es que a través de ellos, creando y recreando sus figuras en situaciones diversas, puedo manifestar sentimientos y emociones sobre la tela.
Muchos de mis modelos -ositos, monos, elefantes y demás- son actuales. Algunos pertenecen al pasado, pero siguen presentes. La mayoría han sido creados en diversos países y confeccionados en serie en el ya no tan lejano oriente. Una buena cantidad de ellos son de diseño y manufactura caseros; un puñado son de colección, verdaderas obras de artistas. Otros brotan de mis manos, o de mi imaginación. Y todos tienen un denominador común, su finalidad. Esa finalidad es la sonrisa de quienes los miran. La que brota del alma, como respuesta de agradecimiento, cuando son recibidos como regalo. La que brota del alma, cuando al verlos surge la empatía que en ese momento estamos necesitando.
Básicamente, los muñecos fueron y son pensados para ser queridos. Yo no escapo a este designio: los adoro. ¿Será porque llevo toda mi vida ligada a la fantasía hecha realidad? Un tesoro.
En ocasiones percibo pudor en los rostros de los observadores ante mis obras. ¡Qué mundo loco fuimos construyendo! ¿Cómo puede alguien, quien sea, tener vergüenza por sentir ternura al ver que, desde un cuadro, un monito de peluche le devuelve la mirada? ¿Cómo puede una imagen metafórica sencilla causar dicha reacción? Pero... son incontables las sonrisas. Ésas que busco provocar me demuestran, como un gesto reflejado, que mi objetivo se cumple; entonces... también sonrío, y feliz.
Hay una frase de Platón que dice que los seres humanos somos los títeres de la divinidad. Si es así, entonces yo soy un títere de los títeres, de los títeres. Es simple, cuando veo un muñeco lo escucho decir: "¡Pintame!"
DIANA García FERRÉ
Curadora invitada Pelusa Borthwick
Inauguración: 28/5
Horarios
Lunes a sábado de 10 a 21 hs.
Domingos de 12 a 21 hs.
Tarifas
Entrada general $ 10,00.-
Entradas estudiantes y jubilados $ 7,00.-
Centro Cultural Borges
Viamonte esq. San Martín
Buenos Aires
Argentina
Tel:0054-11-5555-5359
email: info@ccborges.org.ar