Pinturas
TELONES
Es sabido que Francis Bacon -y el dato, lógicamente, contribuye a reforzar el mito-, en los treinta años en que utilizó el estudio que tenía emplazado en el número 7 de Reece Mews, en Londres, jamás se tomó el trabajo de limpiarlo.
El producto acumulativo de esta negligencia morosamente cultivada, fue una especie de legendario "basural estético", cuya fundamentación teórica el propio Bacon dejó estampada en una de las paredes: "I love living in chaos".
El estudio de Jaime Rippa, en cambio, si bien está colmado de propuestas en tren de elaboración, de libros, de discos compactos y de las mil y una herramientas que emplea en su trabajo diario, es una suerte de "madriguera cultural" -estoy pensando en ese recóndito habitáculo subterráneo, en ese útero acogedor que es analizado obsesivamente, hasta el cansancio, en "La madriguera" de Kafka-, cuyo lema, en este caso, el artista garabateó en un trocito de papel y lo clavó con una chinche en un estante de su biblioteca: la frase es de Immanuel Kant y reza "es tan cómodo no estar emancipado...".
Me detengo a considerar estos dos detalles, el de la habitación en la que Rippa literalmente "se atrinchera", rodeado de las cosas que ama, para generar su obra -por lo menos, su obra última- y el de la sugestiva cita kantiana, porque entiendo que ambos datos, lejos de ser anecdóticos o triviales, de algún modo contienen los mismos ingredientes que alimentan, de una punta a la otra, toda su producción plástica.
(Ahora recuerdo que la última vez que visité a Jaime en su estudio, esto es, en la cálida madriguera saturada de información proveniente de todos los tiempos y de todas las civilizaciones que transitaron el planeta, los últimos compases que habían flotado en el ambiente, poco antes de que se produjera mi llegada, eran los de "Spartacus", el famoso ballet del armenio Aram Khatchaturian).
Para tratar de resumir lo que he intentado decir hasta ahora, la obra de Jaime Rippa a mi modo de ver es, en iguales proporciones, enciclopédica e indómita: enciclopédica porque no vacila en abrevar en las expresiones culturales más disímiles y distantes, tanto en tiempo como en espacio, e indómita porque está dispuesta a sufrir, estoicamente, las incomodidades de haberse emancipado -diría el bueno de Kant-, de toda fórmula impuesta por el establishment estético de turno.
Y este afán de gozar de una independencia "en serio" no es poco riesgo en una época como la que nos ha tocado vivir, en la que muchos planteos pretendidamente "novedosos", no son sino refritos manieristas de experiencias que en su momento sí fueron originales y aguerridamente transgresoras.
(Después del heroico mingitorio que Duchamp firmó en 1917 (!), cualquier bacinilla de plástico se creyó con derecho a reclamar para sí el rango de "obra de arte").
Es que, más allá del efecto que puedan ejercer sobre su ocasional contemplador -como es obvio, algunas son más atractivas y logradas que otras-, las producciones de Rippa tienen la virtud de testimoniar claramente que su autor jamás traicionó su más genuino impulso interior, poniendo en práctica aquella premisa de Juan Grela, según la cual la máxima originalidad artística radica en que uno, nunca y por ninguna circunstancia, deje de ser fiel a sí mismo.
Pero así como para Francis Bacon "el caos" constituía, según él mismo lo decía, su más eficaz fuente de inspiración, lo que pareciera haberse propuesto Jaime Rippa, a lo largo de varias décadas, es "apropiarse" de ese caos y someterlo a su arbitrio, apelando a todas las estrategias -convencionales y no convencionales- de que puede echar mano el lenguaje plástico: desde la bidimensionalidad pictórica más sutil a la tridimensión más exasperada y grotesca, y desde la aérea levedad de un dibujo surrealista en el que conviven sin disputa varios puntos de vista simultáneos, al "calado" que perfora simbólicamente la epidermis del mundo, como tratando de alcanzar y de poner al descubierto sus entretelas más profundas.
Oferta plural y multiforme si las hay, el legado artístico de Rippa -que él continúa enriqueciendo y afinando, me atrevería a decir que "hora tras hora"-, ofrece, pese a su variedad, algunos temas recurrentes que operan como hilo conductor y expresan las inquietudes siempre latentes del artista: figuras paradigmáticas -Mozart, Gandhi, Federico García Lorca-, puntuando el balbuceo de multitudes anónimas, desnudan su preocupación por el entramado social y por la antinomia entre la gregaria estupidez y el genio solitario; los planisferios reelaborados y las grandes esferas de reloj no sólo aportan la inmutable belleza sin defecto del círculo, sino que intuyen vagamente el misterioso papel de la criatura humana en el resto del universo, y la cita histórica, siempre presente, da cuenta de su renovada confianza -¿demasiado idealista, tal vez?-, en la eficacia liberadora del conocimiento.
Pero esta vasta reflexión de Jaime Rippa se ha depurado con el correr del tiempo, y alcanza la máxima sutileza en sus refinadas transparencias de los últimos años.
Aquí Jaime sigue fiel a los temas de siempre: el drama humano crípticamente comentado, la denuncia social enmascarada sutilmente, la cita extraída de alguna cultura remota -¿será el mítico poeta Li Tai Po el chino que se emboba mirando la luna?-, pero en estas creaciones recientes, con el valor agregado de un virtuosismo técnico deslumbrante, y desglosando el espacio en pantallas sucesivas -no ya con la antigua técnica del "calado"-, sino mediante telones transparentes que a la vez revelan y ocultan, dibujan y desdibujan, corporizan y diluyen...
En estos mensajes cifrados tardíos, el artista juega a pelar la realidad como a una cebolla, demostrando -tal vez- que el tiempo no existe, que si uno levanta un epitelio puede llevarse la sorpresa de que detrás esté agazapada la escuálida doña Cuaresma de Brueghel, y que, en última instancia, el mundo no es más que una nube de puntos infinitesimales, ya sea que se lo piense como una vorágine de átomos, según la física, o como puro espejismo ("maya"), según los sabios de la India sagrada y milenaria.
Y si en un brillante ensayo que le dedica en la revista "Time", el crítico Robert Hughes concluye que Jackson Pollock "deseaba reunir tantos elementos en su pintura, no por un deseo de eclecticismo vacío... sino en la creencia de que la síntesis cultural podría redimirnos", estoy convencido de que a Jaime Rippa lo anima una creencia semejante.
Rubén Echagüe
Curadora Martha Nogueira
Presentación libro "Mundo transparente, vida artística de Jaime Rippa"
Inauguración 8/5 | Cierre 1/6
Sala 26