Hay mucho escrito sobre los años 70 (literatura, ensayo, teatro, periodismo) pero bastante poco sobre los modos en que se construyeron las sensibilidades y subjetividades de la época. Infancias en dictadura, la calle, el barrio, el rock, la escuela, el entorno familiar, las primeras lecturas, el mandato de establecer justicia en el mundo.
Pablo es un adolescente, estudiante secundario del Colegio Nacional de Buenos Aires, atrapado por los vendavales de una época de intensidades y compromisos extremos, aspirante inercial o perplejo a convertirse en bravo soldado montonero. Empujado por las dudas, el miedo, el instinto de supervivencia, recala en Barcelona para vivir un exilio precoz y lacerante, al que decide poner fin con un afiebrado retorno al país, al No Matarás, al crimen político.
¿Y las violencias que se van cargando? ¿De dónde llega eso que germina en los cerebros tiernos? ¿De qué operaciones mentales, noticias, murmuraciones, emociones? Se veía venir -neuronas con corazones trabajando-, la muerte se miró con la ideología y antes con la religión y cómo está usted, encantado. Mezcla rara.
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha
muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien
tanto quería.)
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.