La época que vivimos se caracteriza por la imposibilidad real de realizar encierros conceptuales, categorizaciones dogmáticas o esquemas cerrados. Dentro de este devenir mutante es donde se presenta hoy la obra del artista mendocino Juan Pablo Inzirillo, a la cual hay que considerar absolutamente de su tiempo: su trabajo aparece explotando como una bomba que disemina, donde ha caído, una personalidad formada a base de vivir con total intensidad tanto la realidad interna como la externa del individuo que es el artista. Y siendo como es absolutamente contemporánea, actual, del presente, no deja por eso de presentarse como totalmente individual y personal. Tiene algo difícil de lograr: la construcción de códigos propios. Un lenguaje lleno de signos visuales, ya sean icónicos o lingüísticos es la trama de su pintura. Ha sabido mirar su presente y tomar del pasado.
Antropófago al fin, Inzirillo ha deglutido como primer plato a Jean Michel Basquiat, y lo ha hecho al modo primitivo: comiendo al otro para recibir su poder, para en parte, ser el otro. La obra de Inzirillo tiene un ADN constitutivo generado a partir de tres fuentes claras de alimentación: la historia de la pintura a partir de los sesenta, el street art o arte de calle, grafitero, impúdico, rebelde, rápido, creador de espacios-mundos, y por último el cómic ineludible hecho lenguaje y hablado a modo de dialecto tribal, las tres batidas y compuestas plásticamente con una organización por momentos clásica y por otros hipermoderna.
En el arte hay obras que atrapan y uno tarda en saber qué tienen para habernos envuelto en sus redes, es difícil darse cuenta porqué. Quizás en gran parte sea la libido desbordada como debe tener el arte auténtico, es posible que esto sea un buen signo para reconocer donde hay arte o no, sentir que la obra nos hace subir la temperatura, nos pega bajo la cintura y que luego el fuego sube a la cabeza y nos arrebata. No lo entendemos bien qué pasa pero sentimos que algo nos sucede.
Una historia o mil historias, personajes que varían, aparatos cotidianos con personalidad, colores agonistas y modos de componer arbitrarios forman la obra. Es un camino que habla un idioma particular, Inzirillo habla su idioma que ha construido robando, él como todo artista es un buen ladrón, de los que roban permanentemente al mundo que los rodea, un vampiro que genera novedades a partir de la sangre de todo lo que se le cruza. Trash líquido de la pintura de Inzirillo nos exige meternos en su mundo -buena señal- para sentir primero y pensar después. El golpe es en la nuca, la digestión en la mente, o hablamos su idioma o no entendemos, queremos ser parte de esta tras liquidez del mundo de este artista que se presenta con lo más óptimo que puede un artista presentarse: él mismo.
Sala 6
Centro Cultural Recoleta
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