Cecilia Ivanchevich muestra una vez más en estas obras que su búsqueda artística apunta a la reducción, a la sustracción del color y a la fragmentación de la imagen. La artista parte de un signo elemental y con ello construye un discurso pictórico completo que alude a una visión más allá de la cual quien mira puede ver o imaginar una dimensión escondida, donde los fragmentos dispersos logran liberar la mente del automatismo más inmediato hacia la poesía refinada.
En los dibujos y en las esculturas de Francesca Tulli todo parece aparentemente en orden. Las líneas sinuosas y aéreas de las mujeres fundidas en el bronce y los signos del lápiz y de los pasteles que recalcan y remodulan la búsqueda tridimensional de la escultura nos portan a la armonía de la naturaleza. Pero una visión más profunda nos indica que algo de la lucha diurna del hombre se transparenta en sus obras, donde la fuerza de la gravedad a menudo en equilibrio precario se conforma en lanzas puntiagudas en defensa de la propia fuerza de existir.
Y es justamente ésta la línea de conexión entre las dos artistas que trabajan ambas sobre los elementos básicos del arte como la línea, la forma y el espacio, que devuelve la atención a la estructura primaria del ser.
Cuelga del techo una grieta de pintura
Una cáscara solitaria
Como toda grieta
Cuelga como tu nombre en esta noche
Amenaza desplomar su cuerpo de papel
Es vigilia lo que el reloj tensa
Abre en alas los brazos mutilados
Un ocre tímido forma manchas en su cuerpo
Pesa como el tiempo acumulado
Ya no hay blanco que soporte la condena
Todo es cáscara que cae
Nada más que lo rebelde de este nombre
Golpea en mis labios como fruta que madura
El gajo que me quita el sueño
Este cielo que tan bajo vuela
Que por lo bajo te nombra