En la muestra llamada Un tiempo casi cercano, las paredes de una casa, esos lienzos enormes y tentadores de la infancia, han pasado a ser los contenedores de algunos recuerdos obstinados. Recuerdos que están vivos y a merced del tiempo y que asumen la forma de dibujos precisos, repletos de detalles, luces y sombras, brillos y reflejos.
Los dibujos, con los que las paredes se funden y confunden, muestran un recorrido por una casa en apariencia vacía, silenciosa e inerte. Un conjunto de instantes que parecen detenidos, como si nada pasara, como si nada hubiera pasado.
Pero, igual que una cortina traslúcida, poco a poco las obras van dejando entrever una irrupción de puertas entornadas o ventanas entreabiertas que sugieren un creciente tejido de relatos, acciones y personas presentidas.
Como sucede al mirar un álbum, en esencia siempre incompleto, es inevitable emprender una labor reconstructora con la que se va recomponiendo un lugar, que es en parte real y en parte imaginado.
Los dibujos, en sus trazos y superficies, plantean un guiño a las nociones de espacio y tiempo. Para corroborarlo, es necesario atender a esa otra parte de la obra que se expande por la sala para acumularse en las esquinas y, desde la imaginación, re-crear la realidad.
Gabriela Bettini
Auspicia: Secretaria de Cultura de la Nación
Llueve sapos en todos los aljibes
Rompen las gotas en el tambor del techo
Es la lluvia que crepita
Es encierro el barro que devora
Llueve magnolias secas
Un diluvio sagrado llegó como condena
Llueve ángeles y lápidas y espadas
Llueve donde nada llueve
Se hunde la tierra en la tormenta
Un vientre de niño la somete como nube
Agita sus piernitas de manteca
Muerde sus deditos de leche
Y suelta la risa inocente
Que hasta al huraño sol despierta
Abril nos libra de un cielo mutilado
Ese nombre apocado que sin culpa ríe